viernes, 30 de diciembre de 2011

Camila

Despertó con una fría sensación de indiferencia. Había vuelto a soñar con la muerte.
Jugaba con ella a un juego de niños. No estaba sola, le acompañaban dos personas más.
Y un perro. No podía entender lo del perro. Aparecía de vez en cuando.

Había aprendido a acostumbrarse a la absurdidad de este tipo de sueños, incluso a
valorarlos con ese extraño valor que adquieren las cosas perecederas. No es
mucho lo que podemos calificar como nuestro; y aún inmaterial, esto lo era.

En uno de los transitos onirícos del subconsciente, recordaba haber visto un pueblo. Idealización
y crudeza construyen los lugares donde hace siglos se paró el tiempo. Todo
tiene su belleza, es un concepto del que nos hacemos dueños. Todo es relativo.
La relatividad… No quería pensar en ello.

Intentó dormirse de nuevo, pero ya no podía. ¿Por qué seguir con una frágil vida rutinaria
si en los sueños somos inmortales? Habría que estar loco o ciego para no darse
cuenta. El mundo sufría ambas. Pero ya no podía dormir. Era inútil. La conexión
se había roto. Ahora sólo podía esperar, mientras pensaba en todas las posibles
formas de morir y cada uno de los motivos que la convencían para no hacerlo.

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